Segundo día. Segunda fecha. Segunda cuenta atrás.
Todo vuelve a aparecer, retorna con fuerza.
Su primer año.
Y aquí estoy yo, acordándome a dos horas del final de su primer aniversario (con dos interrupciones entretanto -por lo menos-), sonriendo tras haber tenido un día genial. ¿¿Puedo pedir algo más de un lunes?? (Sin duda…)
No, no puedo pedir más. Después estuve yo.
No puedo evitar ser como soy.
No puedo evitar a turullarme cuando llueve, ni sonreírle a la luz del final de la tarde. No puedo evitar esa tontería que me entra cuando estoy con buena compañía, ni ser un alma libre al tener la cámara entre las manos. No puedo evitar-te.
Me gusta el té a medianoche, los abrazos a la hora del recreo y los recuerdos de una infancia agridulce. Me gusta poder escribir(te) frases bonitas, y no me importa el cuándo. Me gusta sorprender poquito a poco, romper las rutinas con pequeñas maquetas de libertad.
Y esas cosas.
Podría reconocer en cualquier momento que le necesito. Sí, a él. A él, que rozará mis labios con dulzura y también con fuerza. Que sonreirá cuando tiemble. Que me mirará hipnotizado cuando le olvide por la cámara. Le necesito, porque sé que yo también le podré querer y será un pacto justo. Le necesito, porque me adorará por encima de todo y luchará por enredarse en mi cadera.
Imaginar no es lo mío, pero a él le tengo clavadito en mi mente, sin chincheta en la frente.
Podría reconocerlo, claro. Pero, ¿en serio alguien cree que lo voy a hacer?
A estas alturas del año, con vuestro aniversario rozándome los pies, poco importa que las palabras que me leas estén llenas o vacías, que me sonrías al verme tras el viento o que me acaricies la piel.
Poco importa. Poco importas. Sencillamente, no te vayas.
Intenta hacer como que me echas de menos.
Al final, lo único que duele es echar de menos lo que no fue.
No sé qué sería de mí sin mi vegetarianismo. Es de lo que más orgullosa estoy en mi vida, de lo que más segura. Es mi pilar, mi salvación, mi único puerto.
Cuando todo tiembla, cuando hasta mis respiraciones se vuelven dudosas, mi búsqueda y mi encuentro se reúnen en la única fuerza que sé que tengo.
Me encanta haberte conocido, llevarle la contraria a las palabras escritas hace unos meses, quererte tanto (¿tanto?) como a tu hermano. Compartir el camino por el que viajar en el mundo onírico. Sacarte alguna sonrisa esporádica, abrazarte y que me abraces de verdad. Fotografiarte y que tu cara sea un poema indescifrable, tanto como tu corazón.
Para qué irme a buscar más lejos, si todo lo que quiero está ya conmigo. Solo hay que buscar en el interior.

Odio no haber podido quedarme con tus ojos. La cámara evitó los colores que vi en ellos y destrozó todas y cada una de tus miradas.
Enredarte en el pelo con Starway to Heaven de fondo. Tenerte sobre mis piernas una y otra vez, seguir las caricias por tu frente y tu barba. Tus ruegos con cara pícara y dulce al mismo tiempo.
Estremecerme de la cabeza a los pies cuando tu cuerpo se pega al mío con insistencia y locura, a sabiendas de que cada roce con tu piel me lleva a desearte aún más cerca. Contemplar tus ojos con la luz de la tarde. Querer tenerlos, querer tenerte y no dejarte.
Escuchar tus canciones en el coche, a solas. Desear besarte en la mejilla y volar luego contigo. Cogerte de la mano y no soltarte en un buen rato. Susurrarte un “te quiero” al despedirme de ti.




